Ir al contenido

Que tu propuesta de valor no suene igual que la de tu competencia​.

Siempre hay una ventana amarilla que podemos abrir.
25 de enero de 2026 por
Que tu propuesta de valor no suene igual que la de tu competencia​.
Cesar Enrique Mora Contreras


Cuando todas las propuestas suenan igual​

Muchas empresas cometen el error fundamental de creer que poseen una propuesta de valor clara y convincente. Sin embargo, un análisis superficial de sus materiales de marketing y presentaciones comerciales revela una triste uniformidad. La mayoría de ellas recurre a un kit de palabras y frases que se han vuelto clichés vacíos de significado: calidad, servicio, innovación y precios competitivos.

Estas palabras, aunque bien intencionadas, han perdido todo su poder de diferenciación. Se utilizan como comodines, como si nombrarlas fuera suficiente para establecer una posición única en el mercado. En el panorama actual, decir que ofreces calidad o buen servicio es simplemente declarar que cumples con el estándar mínimo para operar en cualquier industria. El cliente da por sentado que la calidad es un requisito, no un valor añadido o una propuesta única.

Este enfoque diluido tiene una consecuencia directa y perjudicial: no logra distinguir a la empresa en la mente del cliente. Cuando todas las empresas "suenan prácticamente igual", la percepción del comprador se simplifica. Si el cliente no puede identificar una diferencia tangible, emocional o funcional, termina empujando la conversación hacia el único terreno donde casi nadie quiere competir: el precio.

Al fallar en articular una propuesta de valor genuinamente diferente, las empresas se condenan a participar en una guerra de precios insostenible. La falta de una ventaja competitiva percibida obliga a los equipos de ventas a defender el costo en lugar de vender el valor. Una verdadera propuesta de valor debe ir más allá de la mera enumeración de atributos genéricos y debe centrarse en el beneficio específico, medible y único que solo esa empresa puede ofrecer a un segmento de clientes particular, resolviendo un problema de manera superior o diferente a la competencia. Sin ese núcleo distintivo, la batalla comercial siempre se librará en el margen de ganancia más estrecho.


Qué es realmente una propuesta de valor​

Una propuesta de valor, entendida con rigor y profundidad, es mucho más que un simple eslogan o una lista de características del producto. Constituye el conjunto integral y estratégico de atributos, tanto tangibles como intangibles, que una organización diseña y ofrece meticulosamente a un segmento específico de clientes con el propósito primordial de atraerlos, deleitarlos y, fundamentalmente, retenerlos en el largo plazo, todo ello bajo un marco de prácticas éticas y responsabilidad social.


Este concepto central de la estrategia empresarial no puede reducirse únicamente al producto o servicio en sí mismo. Por el contrario, su verdadero poder reside en la experiencia holística que el cliente vive al interactuar con la marca. Esto incluye, pero no se limita a:

  1. El Producto o Servicio Central: Las funcionalidades básicas, la calidad, el diseño y la fiabilidad que resuelven una necesidad o satisfacen un deseo.

  2. La Experiencia de Compra y Uso (Journey del Cliente): La facilidad, la conveniencia, la rapidez y la satisfacción que acompañan a cada punto de contacto, desde el descubrimiento inicial hasta el soporte post-venta. Esto abarca la usabilidad de plataformas digitales, la amabilidad del personal, y la eficiencia logística.

  3. La Imagen de Marca y la Reputación: Los valores, la personalidad, la historia y el propósito que la marca proyecta. Esta percepción influye directamente en la decisión de compra, pues el cliente busca alinearse con marcas que resuenan con sus propias creencias e identidad.

  4. El Tipo de Relación Construida en el Tiempo: El nivel de personalización, la comunicación bidireccional, la lealtad y la confianza que la empresa establece con su base de clientes. Una relación sólida transforma transacciones únicas en asociaciones duraderas.

El valor que el cliente percibe (que es la métrica definitiva del éxito de la propuesta) no emana de una característica aislada, sino de la sinergia y la combinación armoniosa de todos estos elementos. Una propuesta de valor robusta, por lo tanto, es aquella que logra articular una solución superior al problema del cliente, no solo a través de lo que vende, sino de cómo lo vende, cómo lo entrega y cómo mantiene la relación posterior. Es la respuesta convincente a la pregunta fundamental del cliente: "¿Por qué debería elegirte a ti y no a la competencia?".


Señales de que tu propuesta suena como la de todos​

Hay señales claras de que una propuesta de valor “suena igual” que la de la competencia. Si al quitar el logo de tu presentación el cliente no sabría distinguir si lo que lee es tuyo o de otra empresa del sector, estás describiendo un commodity, no una propuesta diferenciada. Si te defines con comodines como “calidad”, “confianza” o “excelente servicio”, sin explicar qué significan en la práctica ni cómo se traducen en experiencia concreta, no estás comunicando valor, sino lugares comunes. Cuando este es el caso, los equipos comerciales terminan hablando más de descuentos, plazos y facilidades de pago que de soluciones y resultados.​

De eslogan bonito a promesa ejecutable​

Una propuesta de valor efectiva trasciende la mera formulación de un eslogan atractivo; es, en esencia, una declaración estratégica de diferenciación y relevancia que articula la razón fundamental por la cual un cliente objetivo debería elegir una empresa sobre sus competidores. Para que sea robusta y funcional, debe dar una respuesta precisa y bien fundamentada a dos interrogantes cruciales que definen la arquitectura de un negocio.La Cara Externa: Valor para el Cliente (La Propuesta de Valor)


En primer lugar, la propuesta de valor debe especificar qué necesidad, problema o deseo particular resuelve para un segmento de clientes claramente definido. Esta parte es el conjunto de atributos tangibles e intangibles —como el diseño, el rendimiento, la reducción de costos, la conveniencia, el estatus o la experiencia del cliente— que el cliente no solo valora profundamente, sino por los que está dispuesto a pagar y, crucialmente, a elegir la marca y mantener su lealtad a largo plazo. Es el motor de la demanda y el ancla de la relación con el mercado. Una propuesta de valor pobre o genérica falla en generar una distinción significativa en la mente del consumidor.La Cara Interna: El Mecanismo de Entrega (La Red de Valor)


En segundo lugar, y de igual importancia, la propuesta de valor debe estar intrínsecamente ligada a cómo la organización estructura y organiza sus procesos internos para cumplir consistentemente esa promesa de valor de una forma que sea, a la vez, sostenible y rentable para la empresa. Este componente interno se conoce como la Red de Valor. La Red de Valor engloba la arquitectura operativa completa: la cadena de suministro, la gestión de recursos humanos, la tecnología, los sistemas de producción y distribución, y todas las actividades clave que permiten materializar la propuesta. El objetivo de esta red es ejecutar la promesa de valor al menor costo posible, sin sacrificar la calidad percibida ni la experiencia del cliente final. Si la Red de Valor es ineficiente, la propuesta de valor puede ser excelente, pero la empresa no podrá escalarla ni mantenerla sin incurrir en pérdidas.La Sinergia del Modelo de Negocio


La Propuesta de Valor (la promesa al mercado) y la Red de Valor (la capacidad operativa para cumplirla) son las dos fuerzas fundamentales que, al operar en conjunto y en perfecta alineación, dan forma integral al modelo de negocio de la empresa. Un modelo de negocio exitoso es aquel donde la promesa al cliente está sólidamente respaldada por una estructura de costos y procesos internos eficiente y difícil de imitar, creando una ventaja competitiva duradera. Si la promesa de valor es la fachada atractiva y funcional, la red de valor es la cimentación invisible que asegura que esa fachada no se derrumbe.


.”

Errores frecuentes al definir la propuesta de valor​

La definición de una propuesta de valor robusta y efectiva es un pilar fundamental en la estrategia de cualquier negocio, pero está plagada de errores conceptuales y de ejecución.


Uno de los fallos más habituales radica en la confusión entre la propuesta de valor y un simple listado de características del producto o servicio. Las empresas a menudo caen en la trampa de enumerar especificaciones técnicas, funcionalidades o atributos tangibles (por ejemplo, "nuestra aplicación tiene 5 módulos", "nuestro servicio incluye soporte 24/7", "el producto está hecho de material reciclado"). Si bien estas características son importantes, no configuran la propuesta de valor. Esta última debe ir mucho más allá, articulando el beneficio neto y la transformación que el cliente experimentará. Ignorar la experiencia de compra (facilidad de uso, proceso de onboarding) y, crucialmente, la relación a largo plazo (fidelización, crecimiento del cliente, valor percibido continuo) despoja a la propuesta de su verdadero impacto. Una característica es lo que es; una propuesta de valor es el resultado que genera en la vida del cliente.


Otro error crítico es la visión endogámica o "hacia adentro". En lugar de anclarse en la realidad del mercado, la propuesta se construye desde la perspectiva interna de la empresa: "Esto es lo que sabemos hacer", "Esto es lo que queremos vender porque es donde tenemos experiencia", o "Este es el producto que nos costó desarrollar". Esta mentalidad ignora la regla de oro: la propuesta de valor debe nacer de los dolores (pain points), las expectativas (gains) y el contexto real del cliente. Si no resuelve un problema significativo o mejora una situación actual de forma palpable para el cliente, la propuesta, por bien intencionada que sea, está condenada al fracaso. La empresa debe empatizar profundamente con el cliente, entendiendo su día a día, sus frustraciones y sus aspiraciones, para luego diseñar la oferta que encaje perfectamente como solución.


Finalmente, la tentación de la universalidad es un veneno para la propuesta de valor. La idea de intentar ser "para todos" (abarcar el mercado más amplio posible) resulta en una propuesta diluida, genérica e indistinguible. Al prometer beneficios vagos que supuestamente atraen a todos los segmentos, se termina por no ser la mejor opción para nadie en particular. Las propuestas de valor más poderosas son aquellas que se enfocan en un nicho, un segmento o un job-to-be-done específico, ofreciendo una solución que es inigualable en ese contexto particular. La especialización y la claridad sobre el cliente ideal permiten articular una promesa de valor fuerte, relevante y creíble, facilitando la diferenciación y la fijación de precios premium. La efectividad de una propuesta reside en su capacidad para tomar una posición clara y decir: "Somos los mejores para ti, si tienes este problema específico".

Qué hace distinta a una propuesta de valor poderosa​

Las propuestas de valor que realmente marcan diferencia comparten varios rasgos. Concretan las ventajas competitivas de la organización y las convierten en atributos que el cliente puede percibir y valorar en el día a día. Se apoyan en uno o varios diferenciadores claros, es decir, en algo que la empresa ofrece de manera única, con mayor intensidad o con mejor desempeño que la competencia. Cuando estos diferenciadores se articulan bien, la empresa puede incluso moverse hacia espacios de mercado menos competidos, esos “océanos azules” donde no se discute solo por precio ni por atributos genéricos.​

Cambiar los lentes: del producto al cliente​

Para trascender la uniformidad y dejar de sonar indistinto en un mercado saturado, es imperativo que las organizaciones realicen un cambio fundamental en la perspectiva con la que evalúan y articulan su propuesta de valor. El punto de partida no puede seguir siendo un inventario introspectivo de las capacidades internas, funcionalidades del producto o los procesos de la empresa. En su lugar, el foco debe pivotar hacia la vida y las necesidades del cliente.


Esto significa centrarse en los "trabajos por hacer" (Jobs to Be Done - JTBD) que el cliente necesita resolver en su vida personal o en su negocio. Estos "trabajos" van mucho más allá de la función básica del producto o servicio. Deben abarcar las dimensiones funcionales (la tarea práctica a completar), las emocionales (cómo el cliente quiere sentirse al realizar la tarea o después de ella) y las sociales (cómo quiere ser percibido por los demás al usar la solución o completar el trabajo).


Esta comprensión profunda exige un mapeo meticuloso y empático de las necesidades del cliente. Es necesario identificar no solo las necesidades fundamentales (las que la propuesta aborda directamente) sino también las complementarias, que rodean la experiencia de uso. Se deben rastrear tanto las necesidades directas (las obvias y explícitas) como las indirectas (las latentes, implícitas o subconscientes), yendo siempre más allá de lo superficial.


Una vez identificadas estas necesidades, el siguiente paso crítico es entender el status quo: cómo el cliente resuelve estos "trabajos" en la actualidad. ¿Qué herramientas, servicios o hacks utiliza? Y, crucialmente, se debe analizar la experiencia completa de ese proceso actual para identificar qué le genera frustración, fricción, costos ocultos o, por el contrario, qué le proporciona un placer inesperado o un alivio significativo. Es en estos puntos de dolor y placer donde reside la verdadera oportunidad de diferenciación.

Desde esta plataforma de conocimiento centrado en el cliente, se reconoce que el valor percibido es intrínsecamente multidimensional y se construye a través de la interacción de múltiples elementos que, combinados, crean una preferencia sostenible. De estos elementos ya hemos hablado:

  1. Producto/Servicio Central: La calidad intrínseca y la funcionalidad básica para resolver el "trabajo por hacer".

  2. Marca: La resonancia emocional, el significado y la narrativa que conecta con la identidad y las aspiraciones del cliente (la dimensión emocional y social del JTBD).

  3. Experiencia (UX/CX): La facilidad, la eficiencia y el deleite de la interacción a lo largo de todo el viaje del cliente, desde el descubrimiento hasta el soporte post-venta.

  4. Relación: La calidad de la conexión humana, la confianza y la personalización que se establece con el cliente.

Cuando estos cuatro componentes se articulan coherentemente y se alinean para resolver las frustraciones y amplificar los placeres del cliente de una manera superior a la competencia, construyen un valor percibido robusto que fomenta la preferencia y la lealtad. Cualquier inconsistencia o falla en uno de estos ejes (por ejemplo, un producto excelente con una experiencia de soporte terrible) tiene el potencial de destruir rápidamente esa preferencia.


El filtro ético de la propuesta de valor​

Hay, además, un filtro que no se puede ignorar: el ético. Desde una lógica de marketing basada en la ética universal, el objetivo no es únicamente vender más, sino crear valor alineado con el bienestar de clientes y demás grupos de interés. Una propuesta de valor no debería prometer algo que la empresa sabe que no puede sostener sin afectar negativamente a clientes, colaboradores, comunidad o entorno. Incluir criterios sociales y ambientales en la forma como se crea y se entrega valor no es solo un gesto reputacional; en muchos mercados se ha convertido en fuente real de diferenciación, preferencia y lealtad.​

Cuando la propuesta de valor se conecta con la ejecución​

Para que una propuesta de valor deje de ser un párrafo inspirador y se convierta en palanca de negocio debe traducirse en ejecución. Eso implica procesos claros en la red de valor que protejan y dinamicen los diferenciadores elegidos: tecnologías específicas, tiempos de respuesta, esquemas de servicio, formas de personalización, modelos de atención o estándares de calidad. También supone indicadores concretos que permitan evaluar si la promesa se está cumpliendo, como satisfacción, retención, participación de mercado y rentabilidad por cliente. Al final, una buena propuesta de valor orienta decisiones de priorización: en qué canales estar, qué tipo de clientes privilegiar, qué proyectos impulsar y cuáles abandonar.​


M.O.R.A. y los 120 días para hacerla realidad​

En este punto es donde tiene sentido hablar de la Metodología M.O.R.A. como sistema para bajar la propuesta de valor del papel a la realidad en ciclos de 120 días. 

En la fase de Mapeo se captura la voz del cliente, se identifican los “jobs to be done” y se analizan los recorridos que hace el cliente, de modo que la propuesta de valor se construya sobre evidencia y no sobre suposiciones internas. 

En la fase de Orientación/Orquestación esas ideas se convierten en la guía y norte de trabo, que a su vez generan una Reflexión estratégica (tercera etapa) con sus resultados clave: se define qué debe cambiar, concretamente, en ventas, marketing, procesos o experiencia para que el cliente perciba un salto real de valor. 

Y finalmente en la fase de Activación se ejecutan sprints con indicadores claros, de manera que en aproximadamente cuatro meses haya resultados tangibles y medibles asociados a esa nueva forma de crear y entregar valor.​


La Primera Aproximación: el primer filtro de realidad​​.

Si hoy sientes que tu propuesta de valor podría pertenecerle a cualquier empresa de tu sector, el problema no es de redacción, es de estrategia y de foco. Trabajarla con rigor es lo que permite salir de la guerra de precios y entrar en conversaciones sobre impacto, confianza y resultados sostenibles. Allí también entra  en juego el tema de comercialización y ventas. 

El primer paso razonable es mirarla con ojos externos, desde la experiencia real de tus clientes y desde los números de tu negocio, no solo desde la intuición. 

De cualquier manera, para eso resulta útil partir de una Primera Aproximación, como la llamo yo. Ella forma parte de un esquema de trabajo que llamo la Auditoría Brutal de la Realidad, término que me gusta usar porque en alguna parte del Mapeo estratégico, hay empresas que suelen quedar catalogadas en un estadio denominado MEDIOCRE, lo cual choca a los dueños de empresas, pero es el resultado de una autoevaluación. En fin, me fui por las ramas, de esto ya hablaremos.

Lo cierto es que para esta primera aproximación recomiendo que sea una sesión estructurada de trabajo (muy importante esto) con un actor ajeno a la empresa (un mentor, un asesor, un consultor, un amigo o grupo de allegados...) donde evalúes tu situación actual, identifican brechas en tu modelo de negocio y bosquejes un mapa de escenarios para los próximos 120 días, para que tu propuesta de valor deje de sonar igual que la de tu competencia y empiece a ser una verdadera ventaja competitiva.​​


César Mora Contreras

Profesor universitario Consultor Estratégico | Conferencista/Ca

Co Creador de Congreso MEME® | Socio fundador The Mustard Consulting Group y del proyecto Marketing Fractal

Certificado CEFE Internacional | Miembro Cámara Venezolana de Consultores

Las 3 funciones clave para estructurar tu Departamento de marketing y ventas que aumentarán tu rentabilidad (Parte 1)
No mueras en el intento.